domingo, 4 de febrero de 2007

Velorio de Angelito

Testimonio de un norteamericano en 1818
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“Hace unas cuantas noches, el mayordomo o capataz de la estancia celebró en sus piezas que están inmediatas a la casa, una tertulia o fiesta campestre. Invitó a todos sus amigos y vecinos y les brindó con música y baile, vino y cena, pasando toda la noche en gran holgorio y algazara con ocasión de la muerte de su hijo único, un niño, cuyo cadáver permaneció expuesto en la parte más visible de la habitación. Presencié una vez la misma ceremonia en casa de una familia muy respetable de Concepción. Entré a la pieza enteramente ajeno al motivo y naturaleza de la fiesta. El objeto que allí más llamaba la atención era una figura sumamente adornada con flores y cintas, sentada en un banco colocado sobre una especie de altar, con muchas luces encendidas delante, a la cual se dirigían a menudo los que no bailaban. Me pareció indudable que aquella sería la imagen de algún santo patrón cuya festividad celebraba la familia: calcúlese el indescriptible horror y repulsión que sentí cuando al acercarme para verla, pude cerciorarme de que esa imagen era la de un niño muerto. Se me asegura que no siempre la madre se mezcla con la muchedumbre, sino que a veces se sienta en un rincón a llorar, lo que creo, por decoro de nuestra humana naturaleza, que así suceda. Es ya bastante con que semejante cosa dé pretexto a una fiesta y jaleo entre los parientes y amigos... Esta fiesta tiene lugar sólo a la muerte de un niño menor de siete años de edad, y su razón de ser tiene más de filosófico que de sentimental, pues dicen que el “angelito” ha muerto en estado de inocencia y se ha ido al cielo, y que, por lo tanto, debe uno alegrarse y no llorarlo”.
[“Viajes Relativos a Chile” Tomo II, 1817-1822.
Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina.
Santiago, 1962. Págs. 51-52.]
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Sentido del ritual
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“El niño muerto, recién desprendido de la intimidad con su madre, pasa a ser un ángel en el cielo, junto a la Madre Celestial. De la madre terrena a la Madre Celeste, de niño a ángel, el pueblo celebra allí palpable la certidumbre de la gloria, la negación de la opresión del mundo” “…ya se cumplió mi destino purificado y divino a la gloria entraré y antes de partir diré adiós, adiós mundo indigno” (Canto a lo divino) “El ritual (del velorio) da cuenta del “trastrueque” carnavalesco del universo, de la muerte antes de tiempo…” El trastrueque da paso a través de la muerte, desde un mundo despiadado, indigno, cruel, al mundo resplandeciente, que le dará la vida placentera al angelito. “El ritual exige aceptar estas reglas, transformando la pena en alegría, el dolor en gozo, el sufrimiento en consolación eterna…":
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“Crece el hombre malamente
arrastrando su cadena
por eso no causa pena
ver morir a un inocente”
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“Viva el angelito pues,
que con sus brillantes alas
ha subido las escalas
del palacio del Gran Juez,
está donde no hay doblez
ni dolores ni mentira
donde nunca se suspira
porque la pena no existe,
por eso no es canto triste
el que el angelito inspira” (Tonada)
[Maximiliano Salinas:
Canto a lo divino y religión del oprimido en Chile.
Ediciones Rehue, Pág. 252-270]
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Formas de Velorio
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“En una pieza, se cubre una muralla con sábanas y prenden flores, adornos de estrellitas de papel plateados, angelitos, estampitas… Los padres del niño se sientan a un lado del angelito y los cantores en el lado opuesto… El angelito se pone en una mesa o en una silla, adornado con flores… se colocan flores en jarros y tarros y entre ellos se ponen velas. El suelo está cubierto de jardineras, plantas y flores. También se prepara agua de rosa que se deposita en un tiesto chico, puesto a los pies del angelito. Con una ramita de laurel u otro vegetal se improvisa un hisopo para rociar al muertito… El cadáver se prepara maquillándolo con carmín en las mejillas y si la boquita le ha quedado abierta, ponen una florcita. Los ojitos se entreabren con granitos de trigo o arroz. La madrina está encargada de hacer el alba, una túnica que se debe confeccionar con el mínimo de costuras y que se cala con cortes de tijera en el ruedo, mangas y cuello. En la cabeza, cuando son pequeños se les pone una gorrita de lienzo calada en el borde, cuando son más niños, una coronita de flores de papel blanca o rosada (si es niña). En la espalda le ponen alitas blancas. En los pies calzan zapatitos de lienzo enflorados. Los bracitos están adelante y las manitos se cruzan para sostener una flor, un ramito o billetes. Al comenzar la noche llegan músicos y cantores ubicándose frente al altar. En las regiones VII y VIII los cantores son mujeres”
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[Gabriela Pizarro, Romilio Chandía:
Veinte Tonadas religiosas.
Fondart, 1992. Págs. 49-53]
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Testimonios de Cantoras campesinas:
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“Goza tu dicha angelito,
que Dios vino a buscarte
de la hora en que yo supe
yo he’i venido a celebrarte.
Que dichosos son tus padres,
que echan sus angelitos al cielo
más dichosos tus padrinos
que buenas manos tuvieron.
Adiós mamita querida
ya no me ve ni mi sombra
y en el cielo nos veremos
y en cuenta de una paloma…
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“El canto de angelito tiene que ir calmadito porque es a un muertito, no es como la cueca ni como la canción que uno canta… El canto va triste, más suavecito y como medio lastimoso… la cueca se baila sin pañuelo, sin zapateo y sin levantar la mano arriba. Bailan con las manos abajito y mirando al angelito. La guitarra no se taña tampoco. A los angelitos se los visten y los acuestan en una mesa llena de flores y allí los velan. No los echan al ataudcito hasta que los van sacando en la mañana, cuando están cantando los gallos, porque el angelito no se pasa a misa a la iglesia, se va derechito pa’l cementerio no más. Se velan en la mesita, destapaditos… Para el cielo se le pone una sábana grande, de la más blanca y se cuelga encima de la mesa del angelito. Después se le hace una escalera de papel que va del cielo al niño, a la altura del pechito, y le pone sus manitos como que va agarrándose, va subiendo pa’ rriba, que pare’ que está vivito… De ropita se le hace una albita como vestidito largo, igual que maternal, se le pone una cinta grande que le dé dos vueltas en la cinturita, le haga una buena rosa… el gorrito se hace mochito, dejándole la cabeza destapadita para que nuestro señor le ponga la bendición… …Y dicen que la guagua que muere mora no ve nunca la luz de Dios, porque para que vea la luz del Señor tiene que ser bautizada. La guagüita que va mora, como no ve la luz de Dios, está rogando pa’ que se acabe luego el mundo, acabándose el mundo, ellos salen a ver la luz”
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[Tonada y testimonio entregados por Rosa Hernández,
Cantora de El Canelillo, en el libro:
Patricia Chavarría, Isabel Araya y Paula Mariángel,
Canto, palabra y memoria campesina. Fondart]

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